Tras la expulsión de los moriscos decretada por Felipe III, en 1614 salieron por el puerto de Cartagena grandes contingentes humanos procedentes de todo el antiguo Reino de Murcia, sobre todo de Abanilla, Fortuna y todo el Valle de Ricote. A partir de este momento empieza “La Reconquista Sagrada”, con la llegada a esta diócesis de Cartagena de numerosas reliquias de santos, de Lignum Crucis y de la Pasión del Señor, que se repartieron por conventos e iglesias. En la Catedral hubo uno que se perdió con la devastadora inundación habida durante la riada de 1651, por lo que solicitaron otro en 1657 (1). El Lignum Crucis autentificado que hubo hasta 1936 en Abanilla, posiblemente procediera de este contingente de reliquias.

Con el fin de atraer y fomentar el espíritu de religiosidad que se hallaba un tanto deteriorado por la falsa conversión de los moriscos, se fueron forjando una serie de leyendas y milagrerías paralelas a esta ingente cantidad de reliquias, de mayor o menor credibilidad, que contribuyeron en mucho a lo que en principio se propuso: fomentar las creencias que afectan y repercuten en la vida sentimental de las personas.
En el libro de don José Riquelme Salar, “Historia de Abanilla”, consta una leyenda al respecto, oída de sus mayores, cuya síntesis es ésta: En el lugar de Mahoya, junto a la acequia, existió un morabito en el que habitaba un eremita de vida contemplativa y oración. Este santón se sentía un instrumento de la divinidad para hablar con las gentes e influenciarlas en el amor hacia Alá. El ambiente cerrado y obstinado en el aspecto religioso en que convivieron los mudéjares (después morisco), -a pesar de la predicación de San Vicente Ferrer, en 1411, (consta que pasó por Abanilla y Fortuna)- con los cristianos, se fraguó una lucha enconada entre estas dos creencias. Cuando la población disminuyó a mínimos históricos, a partir de 1614, comenzó la leyenda del Milagro de la Aparición en las ruinas de dicho morabito de una Cruz que desprendía destellos luminosos, al atardecer de un 3 de mayo, a Pedro Lozano, que a la sazón era alcalde (hay constancia documental de que lo fue en 1628) y a su hijo, que le ayudaba en las labores agrícolas de una heredad próxima a las ruinas del citado morabito. Cuando llegaron a la población se lo contaron al cura y tocando las campanas convocaron a los vecinos para darles la noticia. Al día siguiente, el 4 de mayo, se reunió el concejo y acordaron hacer festivo en la localidad el 3 de mayo, festividad de la Invención de la Santa Cruz y el 14 de septiembre, de la Exaltación de la Santa Cruz, yendo en peregrinación al lugar de la aparición y celebrar “in situ” una misa votiva.
El acta municipal no se ha encontrado (2).


El 18 de marzo de 1917, con motivo de la inauguración y puesta en servicio de la carretera de Santomera a la de Fortuna- Yecla, pasando por Abanilla y Mahoya, se editó un folleto propagandístico sobre esta villa, su tierra, gentes, fiestas, tradiciones, productos industriales y recursos naturales, redactado por don Ricardo Guirao García (3), en el que destacó lo siguiente sobre la devoción de los abanilleros a su Santa Cruz: “Según la tradición fue hallada en el sitio de la huerta llamado Mahoya, traída por apocalíptica figura en forma de guerrero, en momentos de suprema angustia y zozobra para los habitantes de aquel paraje, que al desvanecerse dejó en el lugar donde apareciera la Reliquia Misteriosa, objeto de tanta adoración. En el mismo sitio en que fue recogida se abrió modesta ermita, como recuerdo de tan apreciado hallazgo”. No referencia el autor fecha alguna sobre el suceso, por lo que la duda perdura en el tiempo. En una de las revistas de fiestas de la década de 1950, encontramos este artículo:
“A finales del siglo XIV o principios del XV, según cuenta la tradición, dos soldados que regresaban de un campaña guerrera, dejaron olvidada una cruz que era como el remate del asta de una bandera, contenida en el interior de una caja y entre trozos de cáscaras de huevo. Con ocasión de reunirse en este sitio los regantes, para tomar la tanda de sus aguas para el riego de la huerta de Mahoya, descubrieron la caja entre los restos de la frugal comida de aquellos soldados. Extendida la noticia entre los huertanos, se reunieron y con gran devoción se la llevaron al cura de la parroquia. Éste observó que la cruz estaba formada por dos tapas de cuero con forma de estuche, que se abría por sus cuatro brazos y, en su interior, había dos trocitos cruzados de madera negra, unidos por una sustancia parecida a la pez griega. Esta cruz la colocaron en el altar mayor de la iglesia, de donde desapareció dos veces, siendo encontrada en el mismo lugar en que la recogieron los huertanos, por lo que decidieron edificar allí una ermita”.

El único dato histórico contrastado que se aproxima para darle base a esta leyenda de los soldados que allí acamparon es la constancia documental de que el 9 de diciembre de 1364, el rey de Aragón, Pedro IV El Ceremonioso, acampó con sus huestes en la huerta de Favanella (nombre de Abanilla en esa época), de camino hacia Orihuela, sin que se registrara ninguna confrontación armada con su enemigo, el rey de Castilla Pedro I El Cruel, durante la Guerra de los dos Pedros.
Respecto a la edificación de la ermita de Mahoya, tenemos algunas referencias de testamentos de finales del siglo XVI, en los que se legan limosnas para la ermita que se está haciendo en la huerta. La actual se construyó en la primera década del siglo XX, en el lugar donde hubo con anterioridad otra más pequeña, junto a la acequia, aprovechando parte de los materiales de derribo de la vieja. En su sacristía existe un armario que lleva grabada la fecha de 1910, lo que nos hace suponer que se hizo nuevo para ella. En algunos documentos del siglo XVIII, en el sistema del reparto del agua de riego de la huerta por tandas y paradas, desde la acequia mayor a los brazales, se especifica la Parada de la Ermita, por lo que podemos asegurar que en esas fechas ya existía una ermita en este lugar.
Notas al pie de página
(1) Libro de la Exposición Huellas. Fulgor Crucis. Diócesis de Cartagena. 2002.
(2) Estas festividades ya estaban instituidas en el santoral: la del 3 de mayo desde el siglo VII, para la cristiandad de occidente y la del 14 de septiembre desde el siglo IV, para toda la cristiandad.
(3) Programa de fiestas de 2007. Hoja instructiva de 1917. Don Emilio A. Riquelme Gómez.
Texto del libro: “Los Patronazgos en la Región de Murcia”, realizado por Eugenio Marco y Juan Manuel San Nicolás
